El grillo

autor: 
Carlos González-Amezúa

Con el grillo ocurre como con los locutores de radio: les identificamos por la voz, y a la mayoría de ellos, si nos los cruzamos por la calle, no les reconocemos.

Eso le sucede a nuestro modesto y amigable grillo, que nos deleita los oídos en las cálidas noches del verano, envolviéndonos de una apacible sensación de bienestar... y si nos topamos con él dentro de casa maldecimos; “cucaracha asquerosa”, para acto seguido, rociarle con el insecticida más letal que tengamos a mano. Y es que nuestro grillo es claramente un grillo para los que saben cómo es un grillo. Pero, ¿y usted? ¿Ha tenido alguna vez un grillo en la palma de la mano? ¿Sabe distinguir a metro y medio de distancia un grillo de una cucaracha?

Los grillos, cosa de niños

Como, lamentablemente, nos sucede a casi todos, el contacto más directo y real que tenemos con la naturaleza a lo largo de nuestra vida es en la infancia. Quizá sea porque aún no estamos “socializados” y las cosas que nos rodean nos parecen mucho más sencillas, más naturales. Cualquiera de nosotros de niño ha cogido sin ningún reparo bichos que sólo de imaginarlos ahora se nos pondría la carne de gallina. Y en este sentido, algunos de nuestros lectores recordarán aquellas jaulas para grillos que se hacían con dos rodajas de tapón de corcho y unos alfileres clavados a modo de barrotes. Se metía dentro al pobre grillo y... ¡a cantar! En algunas zonas era una costumbre muy corriente tener un grillo en casa y deleitarse con sus trinos. Esta costumbre se ha perdido, como no podía ser de otra manera en plena era de la asepsia, el matamoscas electrónico, el spray de piretrinas y todas esas lindezas. Hoy día, un niño de ciudad que se le ocurra llevar ilusionado a su casa —bloque 5, portal A, escalera D, piso 14 y puerta F— un grillo en una jaulita, recibirá la respuesta estereotipada de una madre de principios del milenio: ¡Aquí no entras con ese bicho!
Aunque, bien pensado, de dónde va a sacar un grillo esta criatura. En los parques de las grandes urbes no hay más animales que los perros... y algunos bípedos; en las escuelas americanas dan a los niñitos indefensas ranas para que las destripen “en aras del conocimiento”, pero aquí preferimos comérnoslas; y en las tiendas de animales venden peces de atolón, pajaritos de la selva tropical, lagartos de la isla de Komodo... pero grillos no. Así que, se comprende que cualquiera que tenga menos de treinta años y no tenga la suerte de vivir en Colmenarejo (u otro pequeño pueblo) sólo sabrá del grillo que es un insecto que canta en el pueblo de la abuela cuando va a pasar unos días, por vacaciones. Y, claro, al verlo cara a cara en la cocina, no le reconoce y lo pisa o lo fumiga.

¿Quién es el grillo?

El grillo es un Gríllido (fácil, ¿eh?). Podemos toparnos con dos especies diferentes: el campestre y el doméstico. El grillo doméstico es más pequeño y de color pardo claro. Se llama doméstico no porque se deje acariciar, sino porque le gusta vivir en las casas (domus, en latín); y como los entomólogos lo dicen todo en latín, lo han llamado Acheta domestica (se podía haber llamado grillo de andar por casa).

El otro grillo —el campestre o común — es el que encontramos habitualmente en el campo. Es más grande, negro, con una cabeza prominente.

Los grillos son primos de los saltamontes. Entre ambos se reparten el espectro radioeléctrico, cantando los saltamontes de día y los grillos de noche: así no hay riesgo de guerra mediática. El canto de los grillos es más continuo que el de los saltamontes. Mientras éstos frotan un ala dotada de pequeños salientes contra una pata, en el grillo ambas piezas están en las alas, de manera que al cantar parece a un palomo dándose un baño: ahuecado y moviendo las alas.
Las hembras no cantan, solamente lo hacen los machos. Y los machos tienen varias voces (existe un cierto parecido con el comportamiento de los humanos); una estridente y ostentosa para atraer a la hembra, y otra más dulce y armoniosa para hablar de amor una vez que la tiene a su lado. Despúes de casados, silencio absoluto.
Existe una especie —el grillo italiano— que pasa por tener uno de los “picos” más cautivadores del reino de los insectos. Se posa sobre una rama y entona un cántico de gran belleza que encandila por completo a las “pibas”. Hasta aquí todo normal en un grillo transalpino. Pero lo genial de este grillo es que, cuando la competencia o un depredador tratan de localizarle por el sonido, modula de tal manera el canto que puede hacerle creer que está a la izquierda cuando lo tiene detrás, por ejemplo.

La dieta del grillo

El grillo, como sus primos los saltamontes, es básicamente vegetariano. También captura pequeños insectos, pero el grueso de su dieta lo constituyen las materias vegetales. Pero, ¡por Dios!, no vaya a pensar que es perjudicial para su jardín porque coma dos briznas de hierba al día. Además, el grillo nunca constituye plaga porque es un animal solitario.
Vive poco, normalmente un año, y para nosotros apenas sólo existe los meses de verano en que hacemos vida exterior. De manera que intente hacerle la poca vida que le queda, lo más agradable posible. Si le gusta oír música en el jardín, póngala bajita, le descentra y puede no encontrar pareja. Y, sobre todo, no le confunda con una cucaracha.

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