Lámparas, consumo y duración

Frecuentemente desdeñamos el consumo destinado a la iluminación, porque a fin de cuentas, una bombilla de 100 w consume muchísimo menos que una vitrocerámica de 3.000 w o un lavavajillas de 1.500 w. Pero lo que no siempre tenemos en cuenta es que la vitrocerámica o el lavavajillas funcionan unas horas a la semana, mientras que la iluminación se deja encendida durante muchas horas al día. Solo la iluminación exterior nocturna supone un gasto mucho mayor que el de los tradicionales electrodomésticos devoradores de kilovatios.

Objetivo: calidad de iluminación

La iluminación juega un papel fundamental en los hogares modernos, no solo como un elemento imprescindible para poder desarrollar las actividades cotidianas, sino como un factor psicológico subjetivo que convierte nuestras viviendas en más seguras, o más acogedoras, o de mayor categoría, o más sugerentes... La iluminación puede reforzar o echar a perder una bonita decoración, incluso por sí sola ya es capaz de crear ambientes distintos. Además, la iluminación exige una serie de requisitos según vaya a ser su utilización. El caso más claro lo tenemos en el comercio, un sector en el que la competencia es enorme y donde deben cuidarse todos los detalles. Una tienda de moda exige una iluminación con una gama cromática cercana al blanco neutro, para resaltar al máximo los colores y volúmenes. Esta misma luz en un pub resultaría molesta, y daría una sensación poco acogedora. Si lo que deseamos iluminar es una pescadería, hay que recurrir a una luz fría, que evite los tonos cálidos y muestre el pescado lo más blanco posible, color que se identifica con la frescura. En una carnicería, por el contrario, las carnes deben aparecer en su tono natural, sonrosado, y una luz fría (fluorescente, por ejemplo) daría a los cortes una tonalidad ligeramente azulada, poco atractiva para el consumidor. Y una floristería necesitará lámparas de luz día para permitir la actividad fotosintética de las plantas constante y mantenerlas en buen estado. Los buenos comerciantes saben esto, y cuidan la iluminación hasta en los mínimos detalles.

En casa, no tenemos que comprar nada, pero sí tenemos que sentirnos a gusto, con un gasto razonable. Esto del gasto razonable es importante, porque no cabe duda de que buena parte de las tareas domésticas habituales, como cocinar, usar el baño, leer, limpiar, jugar, etc., se desarrollarían mejor con una iluminación lo más parecida a la luz diurna y de una intensidad muy elevada. Esto supondría, no solo un gasto importante en iluminación, sino un sistema de lámparas y luminarias de alta potencia que, en otras actividades, como escuchar música, charlar con los amigos o ver la televisión, resultaría del todo inadecuada. Además, nuestro organismo está acostumbrado a los ciclos día-noche, y permanecer de noche bajo una iluminación tipo día, produce una sensación poco placentera.

Por tanto, tenemos necesidad de establecer un criterio de compromiso, que en ciertos casos es posible mediante la instalación de distintos puntos de luz a utilizar a discreción, pero en otros es necesario llegar a una solución intermedia. Un salón puede y debe disponer de muchos puntos de luz para crear ambientes diversos según las necesidades, pero en un baño no es habitual, por poner un ejemplo. También es posible mejorar la versatilidad de la instalación mediante la adopción de reguladores luminosos en los interruptores, aunque estos dispositivos además de la intensidad, varían la temperatura del color de la luz.

El color de la luz
La luz tiene color, y su color modifica a su vez el color de los objetos que ilumina. De hecho, el color de las cosas que vemos está directamente relacionado con nuestra capacidad visual y la luz que las ilumina. Conocido es el caso de los insectos con visión ultravioleta, que aprecian en las flores colores y dibujos que nosotros no vemos. Dentro de nuestra propia especie, no es igual la visión de un niño que la de un adulto o la de un anciano. Muchas veces vemos a nuestro hijo pequeño jugando con un nivel de iluminación precario: “Enciende más luces, que te vas a quedar ciego”, le decimos; pero la verdad es que él puede ver muchísimo mejor que nosotros, y no está sufriendo en absoluto esa carencia de iluminación. Si no enciende más luces no es porque esté embebido en el juego o porque se haya vuelto ecologista, es, simplemente, porque su necesidad de iluminación para realizar una misma tarea es quince veces superior que la de su abuelo y tres veces mayor que la de su padre.

Si la capacidad de percibir la intensidad lumínica es diferente según la edad, la de apreciar los colores se ve más influenciada por la temperatura de la luz, que no es otra cosa que su longitud de onda. Nuestro espectro visible, está limitado entre la luz infrarroja (cuya longitud de onda se sitúa por debajo del color rojo) y la ultravioleta (cuya longitud de onda está por encima del violeta). Entre ambos espectros no visibles se encierra toda la luz que podemos distinguir. Es la luz del espectro visible, los colores del arcoiris.

La temperatura de iluminación con la que somos capaces de percibir mejor los colores y las formas es la luz diurna o luz blanca, por la sencilla razón de que nuestros ojos han sido diseñados por la evolución para aprovecharla de la mejor manera: somos “animales” diurnos, aunque algunos tengan que modificar esta tendencia, bien por gusto o por necesidades laborales.

La luz blanca es una combinación de todas las luces del espectro visible. Es conocido el experimento de física en el que se hace pasar luz blanca por un prisma de cristal que separa todas las tonalidades. Este experimento lo realiza la propia naturaleza con su arcoiris, y lo podemos apreciar en los destellos del diamante o los reflejos del sol en una hermosa lámpara de cristal de roca.

La luz artificial busca este equilibrio de la luz blanca del sol, y a veces lo consigue y a veces no. En la actualidad, la gran variedad de lámparas existentes para iluminación del hogar, poseen mezclas de frecuencias que se aproximan a la luz solar, pero con ciertas dominantes, que les dan su carácter especial. Así, la luz de las bombillas incandescentes “normales” tienen una fuerte dominante roja, que nuestro ojo no siempre es capaz de percibir, pero que la fotografía detecta perfectamente. Por el contrario, los tubos fluorescentes (también normales) tienen la dominante hacia el verde, y de nuevo la fotografía lo detecta, proporcionándonos unas fotos horrorosas, que podemos corregir mediante la adición de un filtro, que compense esta dominante. Cuando la luz tiende al rojo, la llamamos cálida, y en el caso opuesto, fría.

Estas características son intrínsecas a los diversos tipos de lámparas, de modo que las lámparas de incandescencia son de luz cálida y las fluorescente, de luz fría. Pero modernamente se ha investigado mucho en este terreno, experimentando con distintos gases, materiales de filamentos y tratamientos del vidrio de las lámparas, de manera que hoy día es posible encontrar lámparas de incandescencia con una luz parecida a la luz diurna (los halógenos) y fluorescentes sin esa dominante verde tan acusada (los llamados fluorescentes de “luz día”).

Luz absorbida y luz reflejada
Ya hemos dicho que el color de la luz incide en el color de los objetos que ilumina. Pero la influencia a la inversa también existe. Según sea el color de los objetos, la luz se comportará de una manera o de otra. Para entender mejor este aspecto, es necesario hacer una aclaración previa: cuando un objeto aparece a nuestros ojos de un color determinado, no es porque sea de ese color, sino porque ese color es el único que el objeto es capaz de reflejar. Es decir, que una manzana roja, es de todos los colores menos del rojo. Un objeto blanco es capaz de reflejar todos los colores del espectro, mientras que uno negro los absorberá todos. Por esta razón, el blanco es un color que “repele” el calor del sol mientras que el negro lo absorbe.

Esta realidad física hace que el color de paredes y techos tenga un influencia capital no solo en la tonalidad de la luz, sino en su intensidad. Una habitación pintada de blanco reflejará la luz en un porcentaje cercano al 80%, por lo que requerirá relativamente poca luz para ser iluminada convenientemente. Si esa misma habitación la pintamos de rojo, reflejará solo el 30%, lo que nos obligará a iluminarla casi tres veces más que la blanca.

En la práctica, los techos suelen pintarse siempre de blanco, en parte para aprovechar mejor la reflexión de la luz, y en parte porque un techo blanco parece más alto, lo que da menor sensación de agobio.

Tipos de lámparas
Hemos mencionado los dos tipos principales de lámparas usadas en la iluminación del hogar: la incandescente y la fluorescente. Su nombre hace referencia al principio por el cual emiten su luz.

La incandescente es la más antigua y fue la primera, creada por Edison. Ha evolucionado mucho, pero el principio sigue siendo el mismo. Un filamento de un metal muy resistente al calor —tungsteno— se pone incandescente por el paso de una corriente eléctrica, emitiendo luz (como cualquier objeto incandescente). Con el uso, el tungsteno se va evaporando, y el filamento se hace cada vez más fino, hasta que se rompe: la bombilla se funde. El tungsteno evaporado se va depositando en la zona más fría de la bombilla, el cristal, que se vuelve oscuro, disminuyendo la luz que llega hasta nosotros.

Las lámparas de incandescencia tienen un rendimiento bajísimo, y la mayor parte de la energía eléctrica la convierten en calor. Solo el 10% se transforma en luz. Esto hace que se calienten tanto. Son baratas pero duran poco, y dan una luz cálida, con dominante rojiza.

Una evolución natural de las lámparas de incandescencia, son las halógenas. El interior de la lámpara se ha llenado con un gas del grupo de los halógenos, y el principal resultado es que el tungsteno evaporado del filamento se combina con el gas y en lugar de depositarse en el cristal, vuelve al filamento. Resultado: la duración es mucho mayor, ya que el filamento se autoregenera. Frente a las mil horas que dura una lámpara normal, las halógenas duran el doble o incluso el triple. Las lámparas halógenas producen una luz más blanca que las incandescentes normales. Ya tenemos dos criterios de uso: el económico y la temperatura de color. Pero hay un tercero. Al disponer de un filamento autorregenerativo, es posible aumentar su potencia sin que su duración se vea muy mermada, como ocurriría en las incandescentes. De este modo, mientras que las lámparas convencionales rara vez superan los 150 watios de potencia, las halógenas llegan a los mil sin problema. Tienen, en cambio, un inconveniente, o mejor dicho, dos: se calientan muchísimo (hasta 650ºC) y en potencias bajas requieren un transformador. La primera consecuencia obliga a utilizar cuarzo en lugar de vidrio, para proteger filamento y gas. Y la segunda, a disponer de un transformador, pesado y caro, que nos aleja del beneficio económico que supone su mayor duración y limita su uso a instalaciones empotradas en el techo, donde poder ocultar el transformador. Para evitar el segundo problema, se han desarrollado lámparas halógenas con casquillo estándar (E27 o E14, para los casquillos de menor diámetro, tipo vela ), con potencias de 100 a 1.000 watios, frente a los 50 o 100 de las halógenas dicroicas.

Ambos tipos de halógenos son complementarios. Mientras que los primeras sustituyen con cierta ventaja a las lámparas incandescentes normales cuando se trata de dar mayor intensidad y brillantez a la luz, los segundos son insustituibles si queremos un haz de luz intenso y concentrado en una zona pequeña. Ambos tienen muy buena aplicación en el entorno doméstico.

Una precaución a tener muy en cuenta es la elevada temperatura que alcanza el transformador, por lo que su lugar de instalación debe estar alejado de materiales combustibles. No es recomendable, por tanto, instalar halógenos en techos de viviendas de madera o en falsos techos aislados con materiales sensibles al calor (como el corcho), o en contacto con canalizaciones de plástico, tubos empotrados de luz, etc.

Fluorescentes o bajo consumo
La palabra fluorescente ha sido desterrada del vocabulario comercial de las empresas fabricantes cuando se refieren a lámparas fluorescentes con casquillo estándar (E27). Ahora se llaman lámparas de bajo consumo. Sin embargo ambas son lo mismo y sus orígenes comunes.

El fluorescente nació hace muchos años y supone un principio de funcionamiento completamente distinto de las lámparas de incandescencia. En el interior del tubo de cristal se aloja vapor de mercurio a baja presión. La pared interna del vidrio de estas lámparas está recubierta de una substancia fluorescente. Cuando se produce una descarga eléctrica en el interior del tubo, la ionización produce la emisión de luz ultravioleta que se transforma en luz visible al pasar por el revestimiento fluorescente.

Para que funcionen, estas lámparas necesitan un cebador, para provocar la tensión necesaria de encendido, y un balasto, que estabiliza la corriente.

En los tubos fluorescentes tradicionales, estos elementos eran ajenos y estaban instalados en la luminaria. Estos tubos, por sus características de tamaño y —antaño— temperatura de color muy fría, se utilizaban allí donde primaba el consumo frente a la calidad lumínica. Por razones que no sabríamos explicar, el ser humano se encuentra mucho más a gusto en ambientes con luz cálida que con luz fría, de manera que el fluorescente fue durante muchos años la iluminación de la industria, limitándose a los garajes, cocinas, trasteros... y poco más, en el entorno doméstico. Pero las cosas habían de cambiar.

La industria se puso manos a la obra y comenzaron a desarrollarse tratamientos sobre el revestimiento del tubo fluorescente que actúan como filtros, potenciando las tonalidades cálidas en detrimento de las frías. Y así llegamos a la gama actual, en la que es posible encontrar desde el fluorescente tradicional de luz muy fría, hasta fluorescentes de luz cálida, pasando por la luz blanca. Se había eliminado los obstáculos más importantes para la utilización doméstica intensiva de las lámparas fluorescentes. Quedaba solo un inconveniente: había que hacer lámparas autónomas, que incluyeran el cebador y el balasto, de casquillo E27 y de un peso y tamaño razonable. La industria electrónica facilitó la integración del balasto y el cebador dentro de la bombilla, y mediante el plegado y reducción del diámetro del tubo se lograron lámparas compactas, pesadas y caras al principio, y ligeras en la actualidad.

Estas son las llamadas lámparas de bajo consumo, que no son otra cosa que fluorescentes de luz día o luz cálida, con el tubo plegado (en ocasiones recogido en una cápsula común) y un casquillo E27.

Rendimiento
La gran ventaja de estas lámparas es el rendimiento. Son hasta cinco veces más eficientes que las de incandescencia equivalentes. Es decir, que para producir la misma intensidad luminosa, consumen cinco veces menos. Los valores estandarizados de estas lámparas fluorescentes con casquillo E27 son los reflejados en la tabla. Para valores superiores hay que recurrir al tubo tradicional.

Estas lámparas son bastante más caras que las tradicionales de incandescencia, aunque cada vez menos. Analizar la conveniencia o no de su sustitución es tarea bastante fácil. Sabiendo que consumen cinco veces menos y que su duración puede llegar a las cinco mil horas, podemos calcular el gasto en función de las horas que permanece encendida. En el gráfico adjunto puede ver esta relación para una lámpara de bajo consumo de 20W (la más cara, que equivale a una de 100W). A partir de las 2.000 horas de uso, la lámpara de bajo consumo se amortiza.

Luminarias
Las lámparas de bajo consumo o fluorescentes siguen teniendo un pequeño inconveniente. La luz que despiden es difusa, no existe un foco concreto de irradiación. Esto hace que utilizadas en determinados usos resulte algo anodina. Por ejemplo, este tipo de lámparas quedan bastante bien en lámparas de sobremesa, en lámparas con cristales mateados, por supuesto en cocinas, cuartos auxiliares, iluminación exterior... pero siguen sin ser adecuadas para lámparas de techo o lámparas de pie, que requieran mucha potencia direccional. Para solventar este problema existen unas luminarias de techo capaces de convertir una o varias lámparas de bajo consumo en potentes focos, capaces de dar una iluminación tipo día de gran calidad. Pero estas luminarias solo se adaptan a decoraciones muy actuales o de entorno industrial. Para buena parte de usos en el hogar, la lámpara de incandescencia sigue siendo la mejor elección desde el punto de vista decorativo.

El comportamiento de las lámparas de bajo consumo
Ya hemos mencionado que existen dos tipos de lámparas de bajo consumo: aquellas en las que el tubo plegado queda a la vista y las que lo esconden bajo una cápsula de cristal, que en ocasiones imita a la de una bombilla tradicional. Para su uso en exteriores, son preferibles las segundas, porque la cápsula exterior aisla del frío al tubo y permite una mejor protección frente a los agentes atmosféricos. Es el caso de los modelos Prismatic, de Philips, y las que imitan la forma de una bombilla tradicional. Pero si el clima no es extremo, las de tubo visto darán buenos resultados. En el interior la duración no se verá afectada por los cambios de temperatura. Una lámpara de bajo consumo utilizada en una lámpara de sobremesa en el salón (y, por tanto, con mucho uso) puede durar más de tres años. El ahorro es considerable, no solo en consumo, sino en desplazamientos y tiempo que ganamos al no tener que ir a comprar nuevas bombillas.

Otro aspecto que afecta a la duración de este tipo de lámparas son los ciclos de apagado-encendido, es decir, la frecuencia con la que se encienden. Por sus características, las lámparas fluorescentes consumen más que las incandescentes en el momento del encendido, cuando actúa el cebador. Además de este consumo, se puede ver afectada su durabilidad. Si una lámpara va a sufrir frecuentes ciclos de encendido, es preferible sustituirla por una de incandescencia (si los ciclos van a ser muy espaciados), excepto si adquirimos un modelo especialmente diseñado para este tipo de condiciones de extrema dureza de trabajo.

Precios
Hay diferencias enormes entre los precios de lámparas de bajo consumo. Lo mejor es acudir a las ofertas que las cadenas de hipermercados y tiendas de bricolaje lanzan cada cierto tiempo. También la calidad de estas lámparas es muy dispar, pudiendo encontrar casos en los que una lámpara de bajo consumo llega a durar menos que una de incandescencia (naturalmente, por producción defectuosa). Aunque todas las marcas disponen de modelos de excelentes características, es preferible acudir a las marcas de prestigio reconocido (Philips, Mazda, Osram, General Electric, etc.) cuya producción es más uniforme, con un comportamiento generalmente muy bueno en todos sus modelos. Las marcas específicas de determinadas cadenas de hipermercados suelen ser menos homogéneas en sus características.

 

 

FLUJO LUMINOSO

TIPO POTENCIA FLUJO CONSUMO EFICIENCIA
Incandescente clara 100 W 1.380 lm 14 lm/W
Halógena 300 W 5.000 lm 17 lm/W
Vapor de mercurio 125 W 6.300 lm 50 lm/W
Fluorescente compacta 24 W 1.800 lm 75 lm/W
Fluorescente tubular 36 W 3.350 lm 93 lm/W
Halogenuros metálicos 2.000 W 180.000 lm 90 lm/W
Vapor sodio alta presión 400 W 48.000 lm 120 lm/W
Vapor sodio baja presión 90 W 13.500 lm 150 lm/W

 

EQUIVALENCIA LUMÍNICA

Incandescencia Bajo consumo
40 W
9 W
60 W
11 W
75 W
15 W
100 W
20 W

 

El espectro luminoso
La radiación electromagnética correspondiente al espectro luminoso comprende desde la radiación infrarroja a la ultravioleta, es decir, desde los 380 a los 1.500 nanomilímetros o millonésimas de milímetro (nm). El ojo humano es capaz de captar una gran amplitud del espectro, y podemos afirmar que, globalmente, es uno de los mejores sentidos que poseemos en comparación con otros mamíferos. El espectro visible para el ojo humano comprende desde los 380 a los 780 nm, aproximadamente.

Una luz blanca ideal estaría formada por igual intensidad de todos los colores del espectro. Las variaciones respecto a este ideal es lo que nos permite hablar —dentro de lo que entendemos por blanca— de luz cálida (con menor presencia relativa de longitudes de onda bajas) o luz fría (con menor presencia relativa de longitudes de onda altas). La luz cálida tiene tonalidades amarillentas y la fría, azulado-verdosas. Ejemplos característicos son los fluorescentes (de luz fría) y las lámparas incandescentes (de luz cálida).

El ojo humano es capaz de introducir de manera automática importantes correcciones en la manera cómo percibe esta tonalidad de la luz. Y nos damos cuenta de esto cuando hacemos una foto: las estancias iluminadas con lámparas incandescentes aparecen claramente rojizas o amarillentas, mientras que aquellas iluminadas con fluorescentes aparecen verdosas.

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LÁMPARAS HALÓGENAS

HOLA,TENGO UNA DUDA, TENGO VARIAS LAMPARAS DE PIE QUE SON HALÓGENAS, MI PREGUNTA ES SE PUEDEN CONVERTIR A LAMPARAS PARA AMPOLLETA ECONOMICA??? Y SI ALGUIEN SABE COMO HACERLO.

 

SALUDOS Y GRACIAS

MARIA ELENA

Convertir lámpara halógena

No parece muy difícil. Solo habría que quitar el zócalo y colocar un portalámparas estándar. Si se trata de lámparas en las que no se alcanza a ver la bombilla todo irá bien.

Si la lámpara cuenta con un potenciómetro, habría que puentearlo. Las lámparas de bajo consumo no los admiten.

Luz artificial imitando luz solar

Falta información sobre las lámparas de luz artificial especiales que se utilizan para tratar trastornos emocionales estacionales, relacionados con la falta de luz solar. Son lámparas también utilizadas en lugares de trabajo como oficinas. Agradecería información sobre donde adquirirlas o donde encontrar más información.

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