La lechuza

autor: 
Carlos González-Amezúa

Una cara así no se ve todos los días, y quien la ha visto no la olvida jamás. La lechuza está presente en toda nuestra geografía, ocupando campanarios, ruinas y casas deshabitadas, pero sólo sale de noche, a pesar de lo cual, es blanca. La naturaleza siempre es sorprendente: la lechuza, cazadora nocturna e implacable, es blanquecina, mientras que cuervos y cornejas son diurnos y negros como el carbón. Pero todo tiene su explicación. Los cuervos y las cornejas lo que no quieren es que los depredadores les vean durante la noche, momento en que son totalmente vulnerables. Y a nuestra lechuza le sucede lo contrario: no quiere ser vista durante el día. Y el mejor color para pasar desapercibida entre las vetustas piedras de sus campanarios es el blanquecino, similar al granito. Que la vean de noche le preocupa menos, como a esos futbolistas discolos que hacen ostentación ante los “paparazzis” de sus salidas nocturnas y alevosas. Además, su comida favorita y casi única comida, no suele mirar al cielo mientras rebusca semillas entre la hojarasca. Nos referimos, claro está, al pobre ratón. Y es que nuestra lechuza, en época de cría, caza más ratones que el más avispado de los gatos. Se han contabilizado más de un centenar de capturas al mes para una familia de lechuzas compuesta por papá, mamá, y cinco lechucitos. Este hábito alimentario, unido a su nocturnidad, ha permitido a la lechuza cohabitar con el hombre sin ser apenas molestada. Gracias a ello, es una rapaz nocturna todavía abundante.

Ratones y más ratones

Los ratones en el medio natural son como las hamburguesas en el medio americano: todo el mundo se las come. Nuestra lechuza no iba a ser menos y es una experta cazadora de ratones. Prácticamente no come otra cosa. Y no es que hayamos realizado una encuesta entre los restaurantes cercanos al domicilio de la Sra. Lechuza. Lo hemos sabido por el estudio que los ornitólogos hacen de las egagrópilas. Esto, las egagrópilas, son algo que en el mundo de los humanos conocemos con nombres menos conspicuos:vómito, pota, regurgitación, papilla... Las aves tienen un sistema de eliminación de residuos peculiar, con una cloaca que recoge juntos los productos excretados por el riñón y los desechos producidos por el aparato digestivo. De ahí que las aves parezcan tener siempre colitis. Si nosotros juntásemos todo lo que hacemos al cabo del día y lo batiésemos... en fin, mejor no entremos en detalles. El hecho es que muchas cosas de las que comen no las pueden digerir y las expulsan por la boca en forma de bolas con aspecto de heces pero sin serlo: las egagrópilas.
El estudio de las egagrópilas pone de manifiesto la dieta del ave que la ha expulsado. Y como se encuentran fácilmente a la puerta del nido el trabajo es cosa de niños... siempre que se sepa distinguir los huesecillos de un ratón de los de un lirón o una musaraña o una lagartija, etc. Todo esto era para explicar que nuestra amiga la lechuza se alimenta exclusivamente de ratones. Pero la vida es verdaderamente cruel, y hay años en que el alimento de los ratones —las semillas y frutos secos— escasean. Y, por tanto, las familias de ratones dejan de ser numerosas. Al faltar las “hamburguesas” las lechuzas reducen su número de crías y se ven en la necesidad de variar la dieta. Muy a su pesar, alternan la carne de mamífero con la de ave y no hacen ascos a algún polluelo que haya caído del nido de alguna mamá distraída. Pero son excepciones. Lo habitual es la planificación familiar: puedo pagar siete colegios: pues tengo siete lechucitos; puedo pagar sólo cuatro, pues cuatro tengo.

El buey es de donde pace...

Las jóvenes lechuzas, después de 34 días en el huevo y ocho semanas en el nido, emprenden un nuevo proyecto vital alejadas de sus progenitores. Un día, alzan el vuelo del hogar familiar para no volver jamás (más de uno se estará preguntando por qué no habrá tenido hijos lechuza). Recorren enormes distancias en busca de lugares donde los ratones abunden, y cuando encuentran un sitio así, allí fijan su residencia para el resto de su vida. Buscan pareja y crean una familia. Esta búsqueda compulsiva del ratón, provoca situaciones en ocasiones dramáticas... En un lugar se ha desatado una plaga de ratones. Ante tal abundancia, totalmente excepcional, centenares de lechuzas jóvenes deciden fundar allí su hogar. Al principio la comida abunda y las familias crecen y crecen, pero pronto ellas mismas acaban con la plaga y la población de ratones se estabiliza, siendo incapaz de alimentar a tal cantidad de lechuzas. Para ellas su hogar es ese, y prefieren morir de hambre antes que buscar uno nuevo.

Horas bajas

Pero no es esto lo peor. Muchas veces, esta proliferación estacional de roedores, se da durante primaveras especialmente cálidas de países habitualmente fríos, como Rusia o centroeuropa. Cuando llega el invierno, no sólo han terminado las lechuzas con los roedores sino que la nieve cubre por completo la campiña. La lechuza, animal acostumbrado a climas más benignos, sin comida y sin abrigo, muere. Por eso es difícil encontrarla más allá de Alemania.
Si el gato permitió el florecimiento de la agricultura en el Egipto de los faraones merced a su implacable lucha con los roedores, la lechuza ha hecho otro tanto en los países mediterráneos. Pero, mientras al gato le momificaban a su muerte y era enterrado en la mastaba con grandes honores, la lechuza pasa desapercibida; sólo una sombra blanca que se mueve en la noche.
En Colmenarejo es muy escasa. Se la ha visto en contadas ocasiones y no se cree que aniden más de dos parejas en todo el término municipal.

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