OVEJAS EN COLMENAREJO: HISTORIA DE LAS VÍAS PECUARIAS
Año tras año, con pocas excepciones, bien sea en su camino de ida o en el de vuelta, las ovejas pasan por Colmenarejo, como lo han hecho desde hace siglos.

Manuel Entero, cronista oficioso de las vicisitudes de este pueblo, nos relata la frenética actividad que registraba la Cañada Real Segoviana, allá por los años treinta, en un constante trashumar de enormes rebaños de ovejas, vacas, mulos…
Hoy, esa cañada descansa bajo las mansas aguas de Valmayor, pantano que interrumpió su curso para siempre, en aras de la modernidad y las necesidades hídricas de un sediento Madrid.
Pero la muerte en Colmenarejo de la Real Segoviana no supuso la muerte de la trashumancia. Tras varios años en que las ovejas se olvidaron de nosotros, hace ahora ocho o nueve años, las ovejas regresaron. Tomaron el camino que había sido su camino durante siglos, y su silueta compacta y polvorienta volvió a recorrer las calles de nuestro pueblo, y concretamente la calle que lleva su nombre: Cañada de Merinas.

Santuario de la Virgen de Lomos de Orio, un lugar íntimamente ligado a la trashumancia. Desde aquí, en plena Sierra de Cameros (La Rioja), los enormes rebaños de merinas eran contados, y partían, tras una gran romería, hacia la Extremadura, en un “exilio” que duraría hasta la primavera. Lo que hoy son densos bosques de roble, acebo, hayas y pinos, hace apenas 100 años eran extensos pastizales totalmente deforestados por el ramoneo.
Cómo empezó todo
El nacimiento oficial del Honrado Concejo de la Mesta data del año 1273 (1272 según algunos autores). ¿Esto que significa? Pues, sencillamente, que se da carta jurídica a un hecho que venía sucediendo desde tiempos inmemoriales, cual es el de trashumar los ganados entre las dehesas de verano y las de invierno. Cuando el mundo era un lugar ancho, sin vallas ni alambres, los pastores debían ir buscando los mejores pastos en cada momento, porque no existían los piensos y los ganados no podían permanecer en lugares donde no hubiera alimento. En España (la trashumancia es un fenómeno casi universal), esto suponía subir, en verano, a las sierras del norte, y bajar durante el invierno a los pastos templados del sur, principalmente de Extremadura, huyendo de las nieves.
Con el tiempo, la Mesta adquiere un enorme poder, rivalizando con instituciones tan influyentes como la Iglesia. Es un organismo rico y poderoso, que goza de una independencia impensable para aquellos siglos. La Mesta vertebra los territorios y, en sus orígenes, es la institución más moderna del incipiente estado.
En su época de máximo esplendor, a finales del s. XVII o principios del XVIII, la cabaña de oveja trashumante, sujeta a las reglas mesteñas, es de 3.500.000 cabezas. En estos años, la región de mayor renta per cápita en España es la Sierra de Cameros, que por aquellos años pertenecía principalmente a la provincia de Soria, y hoy lo es de La Rioja.
El principio del fin
Varios factores dan al traste con esta floreciente economía. La invasión napoleónica diezma los rebaños; la bajada del precio de la lana es una de las que más se citan, como consecuencia de la cría de ovejas merinas por parte de los ingleses; la nueva alternativa del transporte de ganado en ferrocarril será con el tiempo un factor decisivo. Pero no son las únicas causas. El exagerado poder de la Mesta, tan ligado al feudalismo, es visto por la moderna clase gobernante como un anacronismo y una amenaza, y finalmente, en 1836 desaparece, ante el empuje de una nueva y moderna (momentáneamente) España constitucional. Se hacen cargo de las funciones de los antiguos alcaldes de La Mesta, los alcaldes ordinarios de cada municipio. Pero la trashumancia sigue siendo necesaria para la economía. En 1839 se da orden a los gobernadores civiles de que mantengan desembarazadas las servidumbres pecuarias, es decir, que nada ni nadie pueda impedir el paso de los ganados por los caminos tradicionales de tránsito. Los grandes ganaderos se unen y consiguen hacer valer sus intereses (que, por esta vez, coinciden con los de los pequeños), consiguiendo que en 1839 se dicte un Real Decreto según el cual se vuelve a la situación anterior a 1836, hasta la aprobación de una nueva ley que reforme y modifique la normativa existente.
En este punto, la Asociación General de Ganaderos (organismo autónomo, heredero en cierta medida de La Mesta) asume buena parte de las competencias que ostentaba el Concejo de La Mesta, incluida la referida a caminos y servidumbres pastoriles.

Contadero de merinas. Los contadores se protegían en los petos de piedra, mientras los zagales hacían pasar el rebaño entre ellos. Cada uno contaba las ovejas que quedaban a su derecha, en jornadas maratonianas en las que miles y miles de cabezas eran clasificadas y contadas.
Se regulan las anchuras
La Ley de Desamortización de 1855 supone un retroceso, por cuanto afecta de manera decisiva a las servidumbres de pastos, un derecho tradicional que se verá herido de muerte. Dieciséis años más tarde, un Real Decreto ordena la formación de un mapa pecuario en el que se deslinden de manera concreta y exacta los caminos pastoriles. En 1877 se definen por vez primera en la época moderna, los distintos caminos: Son cañadas las vías pastoriles que cruzan varias provincias; su anchura es de 75 metros (90 varas). Son cordeles las vías pastoriles que afluyen a las cañadas o ponen en comunicación dos provincias limítrofes; su anchura es de 37,50 metros (45 varas). Son veredas las vías pastoriles que ponen en comunicación varias comarcas de una misma provincia; su anchura es indeterminada, pero generalmente no pasa de 20,83 metros (25 varas). Son coladas las vías pastoriles que median entre varias fincas de un término; su anchura, así como la extensión de los abrevaderos, es indeterminada. Los pasos son la servidumbre que tienen algunas fincas para que por ellas, levantados los frutos (una vez hecha la recolección), puedan cruzar los ganados. Corresponde a la Autoridad municipal el deslinde, conservación y restablecimiento de las vías y servidumbres pecuarias, y procederá en las diligencias, bien por iniciativa propia, bien a virtud de reclamación, de denuncia de los visitadores de ganadería y cañadas, del personal del ramo de Montes o de las guardias rurales".

Merinas en una antigua dehesa riojana de robles centenarios. Antaño, los ganados tenían vetados algunos lugares para el pastoreo, entre ellos las dehesas comunales.
Muchas competencias pasan a los alcaldes
En las atribuciones de este último párrafo es donde surgen multitud de problemas futuros; nos referimos a que el órgano competente en materia de deslinde sean las autoridades municipales. Como es natural, muy pocos alcaldes están dispuestos a enajenar buena parte de su territorio en beneficio de una actividad, la trashumancia, que en contadas ocasiones acarrea algún beneficio a sus parroquianos, sino más bien lo contrario. Por ello, en la mayoría de los casos, se limitan a contemplar aquellas vías que difícilmente pueden ser obviadas: las cañadas. Esta circunstancia hace que paulatinamente se vayan ocupando cada vez más y más caminos que, originariamente, eran para el transito ganadero. En 1881, el Marqués de Perales, presidente de la Asociación General de Ganaderos, presenta un informe al ministro de fomento en el que dice: El mal cunde por todas las provincias y si pronto no se pone correctivo, llegará día en que los rebaños no puedan hacer sus ordinarios viajes de primavera y otoño, en que sea imposible su tránsito de unos términos jurisdiccionales a otros, en que apenas pueda hacerse el surtido de reses en los mercados de los principales centros de consumo. Hasta los potros de la Remonta del Ejército hallan grandes dificultades para pasar de las dehesas de verano a las de invierno y al contrario, y se nota gran falta de concurrencia de reses vacunas en algunas ferias por haber desaparecido los caminos pastoriles que afluían a ellas.
En las postrimerías del siglo XIX se aborda una nueva regulación reglamentaria de la Asociación General de Ganaderos. En ella se recogen buena parte de los planteamientos defendidos por esta, con excepción de uno que, en la actualidad, tiene una enorme importancia: la imprescriptibilidad de las vías pecuarias.

Hasta los ganaderos más humildes, con pocas decenas de cabezas de ovino, tenían derecho a integrar sus animales en los grandes rebaños que recorrían España de norte a sur. Las familias humildes enviaban a sus hijos a trashumar desde muy jóvenes, mientras que los ganaderos ricos podían mantener escolarizados a los suyos; así se perpetuaba la condición social de unos y otros.
La imprescriptibilidad de las vías pecuarias
Esta complicada palabra hace referencia a que una vía pecuaria no pueda dejar de serlo. Era esta una reivindicación de la Asociación General de Ganaderos que no se contempló en el proyecto de reforma reglamentaria de 1891, por oponerse a otras disposiciones dictadas por las cámaras legislativas, pero que finalmente, siendo ministro Linares Rivas, aparece en un decreto de 1892. En él se definen las vías pecuarias como bienes de dominio público, y como tales, imprescriptibles. Este decreto atribuye las competencias del deslinde de las vías de carácter general a los gobernadores civiles, pero continúan en manos de los alcaldes de los pueblos las vías de carácter local.
Pronto se ve que estas disposiciones siguen sin resolver el problema, y la propia Asociación General de Ganaderos culpa a estas disposiciones de ser tan ineficaces para la conservación de los caminos y la persecución de las usurpaciones como todas las anteriores. Y atribuye la mayor parte de esta ineficacia a que sean los alcaldes los responsables de acometer los deslindes. En 1895, el Marqués de Perales envía un nuevo informe al Ministerio, en el que dice textualmente: …las vías pecuarias, propiedad del Estado y de uso indispensable de la ganadería, van desapareciendo cada día en mayor escala. Los vecinos de los pueblos cuyos términos atraviesan, alentados por la tolerancia de las autoridades y por la impunidad de que gozan, usurpan con la mayor osadía el terreno de dichas vías pecuarias para aumentar la extensión de sus predios colindantes con ellas.

Antiguo mojón situado a la vera de un camino pastoril (Colmenarejo). En ciertos lugares donde podían surgir conflictos, se colocaban mojones para indicar límites. Destruir o desplazar estas señales estaba fuertemente penado.

Como es natural, los caminos pastoriles se desviaban lo necesario para poder garantizar el agua (o al menos la hierba fresca) en cada una de las etapas del viaje. Por eso, los lugares húmedos, los manantiales, los frescos pastos… suelen estar a la vera de vías pecuarias, y los descansaderos se sitúan junto a ríos, pozos o manantiales. En la foto, un rebaño trashumante abrevando en las Charcas de Los Escoriales.
Nuevo siglo, nueva realidad
La entrada del siglo XX acentúa los problemas de la agonizante trashumancia. Ya en 1891 el porcentaje de ganado lanar trashumante en toda España era solo del 13%. La escasez de este tipo de ganadería en Madrid hace que dicho dato ni siquiera figure en las estadísticas. Algunas provincias mantienen aún una elevada actividad trashumante, cuyas razones son de toda índole, desde tradicionales hasta las derivadas de ausencia de ferrocarril. Destacan Ávila, Guipúzcoa, Huesca, León, Salamanca, Teruel...
Desde su apogeo, entre los siglos XVII y XVIII, la realidad social, cultural, económica y política fue marginando unos privilegios y unas prácticas ganaderas nacidas en un contexto muy distinto. A principios del siglo XX la situación de las vías pecuarias es dramática: muchas de las que discurren por zonas llanas han sido convertidas en carreteras. Se salvan las vías de montaña, cuyo trazado rectilíneo y preferentemente por las cumbres, lo hace del todo inadecuado para los carros y el nuevo invasor: el automóvil. Estos trazados agrestes salvan a muchas vías pecuarias de morir soterradas bajo el asfalto. Tradicionalmente, los ganaderos trashumantes preferían evitar los valles y núcleos de población, para no sufrir retrasos con las infinitas disputas que surgían con los lugareños; por eso elegían los pasos montañosos. Por otro lado, los mejores pastos se encuentran en esas zonas, más húmedas que el resto. Al adoquinado de muchas vías se une la creciente necesidad de suelo, tanto agrícola como urbano, y los ancestrales caminos van cayendo uno tras otro, a pesar de su carácter de dominio público y de su imprescriptibilidad. Una vez más, el principal infractor pasa a ser la Administración, local, provincial o estatal.
Un nuevo giro de tuerca lo da un Real Decreto de 1924. Reconoce el estatus jurídico de las vías pecuarias, pero hace una excepción: en aquellos casos en los que se halla mantenido la usurpación “quieta y pacífica” de la vía pecuaria por espacio superior a 30 años, la vía pasa a ser propiedad del usurpador. Muchas de estas usurpaciones fueron denunciadas por la Asociación General de Ganaderos, y por tanto dejaron de ser una posesión “quieta”; pero la inmensa mayoría de usurpaciones no recibieron jamás queja o protesta alguna. ¿Quién iba a quejarse en un pueblo de nuestro entorno, de que una vía pecuaria, que no era usada habitualmente por el pueblo, que era poco menos que una imposición, fuera absorbida por las fincas colindantes? Si es hoy en día, y solo nos quejamos cuatro gatos, imaginemos la situación en la España de 1920.
Este nefasto Real Decreto fija la clasificación de las vías en necesarias, innecesarias y sobrantes, siendo las segundas enajenadas (vendidas), y ordena su deslinde. Fija de nuevo las anchuras: cañadas, 75,22 m; cordeles, 37,50 m; y veredas, 20,89 m. En la actualidad, las anchuras son similares (75, 37,5 y 20 metros) más los cordeles, de 10 metros.
La Segunda República
Con la Segunda República (1931) ciertas atribuciones que la Asociación General de Ganaderos aún mantenía en materia de deslindes y clasificación, pasan definitivamente a manos de la Administración, con un nuevo régimen jurídico-administrativo. Mantiene las vías pecuarias como bienes de dominio público, reivindicables y rescatables, pero no contempla la enajenación de los sobrantes, aunque pueden ser cedidas en usufructo. Ordena la revisión de las usurpaciones, que serán corregidas y cedidas a labradores pobres cuando hayan sido cometidas por labradores ricos, pero no restituidas a su estado jurídico original. Toda la reglamentación de aquellos años está inspirada en la reforma agraria que emprende la república, más o menos radicalizada según la coalición o partido gobernante, o la persona que la interprete.

Para el pastor trashumante no existen domingos ni festivos. Ni un solo día del viaje puede dejar solas a las ovejas. Antes, los peligros eran los cuatreros y el lobo. Hoy lo son las carreteras y los cercados. Rebaño trashumando por Colmenarejo en 2006.
La Guerra Civil
La Guerra Civil supone un enorme quebranto a la cabaña ganadera española. Primero en los territorios gobernados por los sublevados y después en todo el Estado, se impone una contrarreforma agraria, otorgando a terratenientes foráneos posibilidades y privilegios sobre pastos que no habían tenido prácticamente desde la Edad Media.
En 1944 se redacta un Reglamento de Vías Pecuarias que, en la práctica, supone una revisión de la legislación promulgada entre 1924 y 1931, ya que cualquier legislación posterior, emanada de la Segunda República, es sistemáticamente denostada. Se vuelve, pues, a revisar la añeja legislación, pero con algo muy claro y distintivo: las competencias pasan por completo al nuevo sindicato vertical de agricultura, en la figura de la Dirección General de Ganadería.
El objetivo sigue siendo el de siempre, el que jamás se había conseguido: lograr una clasificación y deslinde definitivo de las vías pecuarias para poder afrontar adecuadamente la gestión catastral y dar por concluidos los eternos contenciosos entre agricultores y ganaderos. Pero, una vez más, todo queda en nada, debido esta vez a la absoluta penuria de medios de la administración franquista, que no olvidemos, tardó muchos años en recuperar la renta per capita existente durante la Segunda República.
De 1951 data un decreto que tuvo un importante efecto sobre el paisaje y que identificó durante mucho tiempo la imagen habitual de nuestras carreteras. La sistemática ocupación de vías pecuarias, para el trazado de calles y carreteras, deja un sobrante de varios metros; pues bien, se da orden de utilizar estos sobrantes para plantar árboles en alineaciones o zonas de esparcimiento. Esto, que en ciudades no llega a realizarse, si llega a ser frecuente en carreteras.
El paulatino abandono del campo en pro de la ciudad, a partir de los años sesenta, supone la usurpación definitiva de facto de las vías pecuarias devoradas por el ensanche de las ciudades. Esta usurpación suele hacerse en forma de calles, avenidas, en general espacios públicos. Datos de 1974 cifran en una media de 4 kilómetros lineales la usurpación de vías pecuarias en el ensanche de capitales de provincia.
Avanza el tiempo pero los problemas son los mismos. De nuevo en 1955 volvemos a leer en un informe de la Administración que se hace necesaria una revisión total de las vías pecuarias, evitando el estado anárquico que en la actualidad existe. Nos suena sobremanera la queja y la declaración de intenciones.
Un proyecto de ley innovador
En 1955 sale a la luz un extenso proyecto de Decreto Ley de Vías Pecuarias que supone una ruptura radical con la indefinición anterior. Es tan radical que no ve la luz como ley promulgada, pero contiene muchos aspectos que más tarde serán recogidos por la legislación democrática vigente en la actualidad. Este proyecto es una defensa a ultranza de las vías pecuarias, de su imprescriptibilidad; contempla los deslindes de urgencia y limita sobremanera las declaraciones de innecesariedad y la concesión de ocupaciones temporales. Incluso moderniza el régimen sancionador y contempla la expropiación para habilitar nuevos trazados. Demasiado radical para la España de 1955, queda aparcado en un cajón, desplazado por los dos grandes pilares de la política agraria franquista: la concentración parcelaria y la política de colonización de nuevos asentamientos urbanos y regadíos.
Ayer, como quien dice
Y así, con las mismas cuestiones pendientes de siempre, va pasando el tiempo y se va agotando el régimen de Franco. La trashumancia sigue existiendo a duras penas. Según datos de 1962, la cabaña lanar trashumante supone un 7,8% del total, lo que comparada con el 13% de 1891 es un importante retroceso. Pero peores son los datos absolutos de la ganadería lanar: En 1865 había 22,4 millones de cabezas (3 millones trashumantes): en 1891 se redujeron a 13,3 millones, de los cuales 1,3 millones son trashumantes; en 1962 sube ligeramente la cabaña a 16 millones de cabezas, de las cuales 1,3 siguen siendo trashumantes. En apenas 100 años se ha reducido a la mitad la cabaña lanar trashumante, y la cabaña total ha perdido una cuarta parte de sus efectivos.
En 1969 se aborda una clasificación parcial de vías pecuarias que afecta a algunos municipios. En Madrid, se clasifica un elevado porcentaje de términos (un 68% frente al 40% nacional). En total, supone clasificar 71.000 kilómetros y 262.000 hectáreas.
Entre los años sesenta y setenta, la discusión se centra en qué hacer y cómo gestionar los sobrantes y vías desamortizables. Estas representan un capital enorme, que el Estado no quiere dejar escapar. Se hacen más esfuerzos en la línea de redactar una ley desamortizadora, que en promulgar leyes protectoras.
Llega el ICONA
En 1971 se crea el ICONA, y las vías pecuarias pasan a depender de él. Aunque inicialmente esto no suponga un cambio sustancial en las políticas de gestión, si lo supone respecto al concepto, que abandona por vez primera su ligazón primordial con los departamentos puramente agrarios, y pasa a formar parte de un organismo dedicado a la conservación de la naturaleza. Es el anticipo de los nuevos tiempos, tiempos en los que la actividad ganadera trashumante es absolutamente residual y es necesario encontrar argumentos nuevos que justifiquen la existencia misma de la red de vías pecuarias. Con el tiempo, el ICONA consigue superar los planteamientos economicistas y elabora un anteproyecto de ley de Vías Pecuarias y Zonas Verdes. Este anteproyecto sufre multitud de modificaciones, en la línea de considerar las vías pecuarias como espacios naturales, ecológicos y de esparcimiento y regresando al espíritu enajenador de todas aquellas vías consideradas como innecesarias. Incluso recuperan el carácter de bien embargable y alienable, lo que las hace jurídicamente más vulnerables aún. Sorprendentemente, las Cortes franquistas muestran una insospechada oposición al proyecto, hasta el punto de que finalmente debe ser retirado para una nueva redacción y estructuración. En 1974 se presenta a la Comisión de Agricultura de las Cortes esta nueva redacción. Dulcifica algunos planteamientos del anterior, pero mantiene la posibilidad de enajenar las vías consideradas innecesarias. La Comisión pregunta al Gobierno si tras esta enajenación de las cañadas sobrantes ¿no se esconderá un mero deseo de hacer almoneda con bienes públicos, y que en definitiva desaparezcan cordeles y cañadas? Sorprende este tono en diputados de Cortes franquistas, que no es más que uno de los muchos preámbulos que tuvo la posterior transición democrática. Finalmente, el 27 de junio de 1974, se promulga la Ley de Vías Pecuarias, dulcificada, pero manteniendo los planteamientos originales: vías necesarias e innecesarias, continuismo para la gestión de las necesarias, y regulación para la venta y enajenación de las innecesarias.
El desarrollo del Reglamento de esta ley es si cabe más azaroso. Hay multitud de asuntos muy espinosos para los que los legisladores, el ministerio y el ICONA no parecen ponerse de acuerdo. Uno de los que trae más cola es la disposición de 1924, aun vigente, según la cual la ocupación pacífica durante más de 30 años da derecho de propiedad sobre la vía pecuaria. Pero no es el único. A solo un mes de la ratificación en Referéndum de la Constitución Española de 1978, se promulga este reglamento, cuatro años después de promulgada la ley que lo alienta.
Democracia y vías pecuarias
Pero una cosa es dictar la ley y otra cumplirla. Como pasa en multitud de ocasiones (la ley de caza vigente en Madrid es un buen ejemplo), se cumplen aquellos preceptos de la ley más favorables a los infractores, y se “olvidan” los preceptos garantistas o conservacionistas. En 1980 los inspectores del ICONA se quejan en informes internos de la actitud irrespetuosa de los ayuntamientos con la ley, de la descoordinación del IRYDA (Instituto Nacional de la Reforma y Desarrollo Agrario) y de la prepotencia del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo. Actualicemos los nombres de estos organismos, y tendremos el mismo panorama que padecemos hoy.
La nueva España de las autonomías choca frontalmente con el reglamento recién aprobado, claramente centralista, de manera que en poco tiempo, con la redacción de los respectivos estatutos de autonomía, las comunidades van asumiendo competencias en esta materia, excepción hecha de las comunidades de Castilla-La Mancha y Castilla-León, que no lo contemplan ni siquiera en la revisión de estatutos de 1994.
El mapa se complica extraordinariamente: dependiendo de la comunidad, las competencias son íntegramente autonómicas (País Vasco y Navarra), compartidas con la administración central (ICONA), o sin ellas, aunque la mayor parte de estas competencias son ejercidas de forma casi exclusiva por las Comunidades Autónomas, que necesariamente han debido redactar leyes al efecto.

Vereda del Camino del Rey. Su anchura legal es de 20 metros. Aquí aparece vallada y cerrada por alambre de espinos (también prohibido). Al fondo, a la derecha, podemos observar un buen número de vertidos.
La realidad actual
Basándose en la potestad que otorga la Constitución al Estado central para legislar en materia de vías pecuarias (Art. 149), se promulga la Ley de 1995 de Vías Pecuarias. Esta es ya una ley moderna, e inspira a las restantes leyes autonómicas, como la ley de 1998 de la Comunidad de Madrid. La legislación ha conseguido liberarse de muchos de los tics de anteriores normativas. Desaparece el carácter economicista de estos terrenos pecuarios, retorna con más rigor jurídico la inviolabilidad e inembargabilidad y se mantiene su imprescriptibilidad. Puede ser considerada una legislación garantista, a pesar de lo cual los incumplimientos son constantes. Hemos de destacar, por ejemplo, la prohibición que hace referencia al asfaltado o cualquier procedimiento semejante que desvirtúe su naturaleza (Art. 43 de la ley 8/1998 de la Comunidad de Madrid). Cualquiera entiende que el hormigonado tampoco es un procedimiento aceptado por la ley, y sin embargo la Comunidad de Madrid lo está autorizando en multitud de vías pecuarias.

Las usurpaciones, invasiones y ocupaciones de vías pecuarias y descansaderos son constantes, también en nuestro municipio. Algunas son tan antiguas, que las huellas del primitivo camino han desaparecido por completo, como sucede en algunos tramos de la Vereda de las Viñas Viejas. Pero siguen siendo vías pecuarias de dominio público, a todos los efectos.
¿Y en Colmenarejo?
Ya estamos en condiciones de saber por qué en Colmenarejo tenemos tantas vías pecuarias. Y también entendemos por qué muchas de ellas terminan o empiezan en el límite del término municipal. La razón está en las disposiciones que, a partir de mediados del s. XIX, otorgan a los alcaldes la competencia sobre el deslinde. Aunque la mayoría eran remisos a declarar como tales estas vías pecuarias, algunos, por las razones que fuese, incluyeron en el deslinde no solo las vías mesteñas, sino todos los caminos, abrevaderos y lugares de pasto más o menos consuetudinarios. Esto debió hacer ese alcalde colmenarejano, cuyo nombre deberán desvelar los historiadores, gracias al cual sus coetáneos se quedaron sin multitud de caminos y praderías en propiedad, pero nosotros podemos disfrutar hoy de ellos. No olvidemos que en apenas 31 kilómetros cuadrados, tenemos 25 vías (entre cañadas, cordeles, veredas y coladas) y 15 descansaderos. Una parte de este patrimonio quedó bajo las aguas de Valmayor y otra bajo el asfalto de Colmenarejo o edificios públicos o privados, pero una buena parte se conserva sin sufrir daños irreparables. Hay vías cerradas ilegalmente, otras han desaparecido de ciertas cartografías, pero están ahí, y pueden nuevamente ser reivindicadas cuando alguna administración o particular trate de usurparlas definitivamente. No importa el tiempo que haya pasado desde su ocupación ilegal: las vías pecuarias no prescriben, lo son por siempre. Por eso, los ganados pueden volver a pasar por la calle de las Merinas, o la vereda de La Nava, o el cordel de la Espernada… o por la Castellana, en Madrid. Por eso, en cualquier momento, alguien puede realizar una denuncia penal contra algún usurpador… aunque el coste, la lentitud y la escasa receptividad judicial a los derribos lo hagan poco aconsejable. ¿Se imagina alguien el derribo de la universidad Carlos III por estar ocupando un descansadero? Ni siquiera a los defensores de estos caminos les parecería una solución conveniente.

Obras de construcción de la universidad Carlos III, en Colmenarejo. Esta construida sobre un terreno “cedido” gentilmente por el ayuntamiento de Colmenarejo que resultó ser, qué casualidad, el descansadero de los Linares del Pozo.
Y el deslinde, ¿para cuándo?
Hoy es necesario más que nunca un deslinde porque los planos de vías pecuarias no tienen la precisión suficiente y tampoco se han hecho escuchando todos los intereses representados. El deslinde, en la actualidad, consiste en que el órgano competente en materia de vías pecuarias (Consejería de Economía e Innovación Tecnológica) levanta una cartografía precisa indicando el trazado exacto de la vía en cuestión. El procedimiento, a grosso modo, es el que sigue: el municipio solicita el deslinde de una o varias vías, los técnicos de la consejería levantan unos planos basándose en la cartografía existente, se hace una exposición para que las personas afectadas puedan alegar, se modifica o no el trazado y se aprueba. Ya está hecho. Este procedimiento, contrariamente a lo que en ocasiones han intentado hacernos creer desde diferentes instancias, es muy rápido y no supone coste alguno para el municipio. Hemos conocido procedimientos de deslinde en otros municipios y se resuelven en pocos meses. Otra cosa es que, en determinadas circunstancias, el deslinde no interese a las autoridades municipales. Debe ser el caso de nuestro municipio, ya que es un tema recurrente que responsables municipales suelen atajar diciendo que se ha solicitado hace mucho tiempo: si se solicita, se hace.
El deslinde debería ser imperativo cuando se quiere realizar alguna actuación urbanística que afecte a una vía pecuaria… pero no se hace, porque se prefiere la indeterminación creyendo que, con un poco de suerte, ni los técnicos de Vías Pecuarias ni los ciudadanos nos vamos a dar cuenta. Recientemente, esto ha pasado con la recalificación del Robledillo y muy especialmente con el Avance del Plan General de Urbanismo, que finalmente no llegó a aprobarse en el pleno municipal. Este Avance contenías múltiples invasiones de vías pecuarias existentes, que por arte de magia habían desaparecido de la cartografía. No se atendieron nuestras alegaciones en ese sentido. Si el documento hubiera pasado los filtros municipales y llegado, finalmente, a la Comunidad de Madrid, ésta lo habría devuelto para corrección de errores, con el consiguiente retraso. Por eso resulta tan difícil entender que en Colmenarejo, con un movimiento ecologista muy activo y atento, no se pida el deslinde de las vías pecuarias y se eviten problemas de una vez por todas.
Otra cosa que llama poderosamente la atención, es que algunas fuerzas políticas pidan la firma de un convenio para asumir determinadas competencias de gestión en materia de Vías Pecuarias, posibilidad contemplada en la ley. Visto lo visto, y quienes son los principales infractores en temas pecuarios, no seremos nosotros quienes apoyemos tan descabellada solicitud: El Ayuntamiento ni siquiera reconoce la totalidad de vías pecuarias de la localidad ¿y quiere asumir competencias? Cuanto más lejos estén las gallinas de la zorra, tanto mejor para las gallinas.

Destrozos causados en la vegetación de la Dehesa de Las Latas por una canalización de agua promovida por el CASRAMA (Colmenarejo). El Tribunal Superior de Justicia de Madrid mantuvo suspendidas las obras durante mucho tiempo a instancias de una denuncia en la que intervino Proyecto Verde, entre otras razones, por infracciones contra la ley de Vías Pecuarias. Finalmente, se autorizó la obra pero con grandes modificaciones y medidas correctoras, en lo que supuso una actuación judicial bastante inusual hasta la fecha.
El amojonamiento
Si deslindar es cartografiar la vía pecuaria, amojonar es indicarlo sobre el terreno con mojones o señales. Si el primero es rápido y barato, el segundo es caro y lento… e innecesario si existe un deslinde público que cualquiera pueda consultar. Una vez que se sabe por dónde discurre la vía pecuaria con precisión, se puede saber quienes la usurpan, y ser denunciados de inmediato. En el peor de los casos puede ser necesario el trabajo de un topógrafo para dilucidar dudas de interpretación cartográfica. Eso es todo.
¿Para qué sirven las vías pecuarias?
A nadie se le escapa que el uso ganadero de las vías pecuarias no justificaría en la actualidad semejante red de caminos y descansaderos. Estamos hablando de 425.000 hectáreas (el 0,85% de toda la superficie nacional) distribuidas en 40 provincias. Una impresionante tela de araña de 125.000 kilómetros (similar a la red de carreteras nacionales y autonómicas) que ha adquirido un nuevo y pujante valor ecológico. En efecto, aunque el uso trashumante sigue siendo el prioritario y debe ser respetado escrupulosamente, la utilidad de estos espacios como corredores ecológicos y recreativos respetuosos, es si cabe mayor. Pero para ello deben ser respetadas, no como caminos polvorientos por los que circulen los coches y las motos, sino como pasillos verdes, capaces de conectar ecosistemas y de servir a paseantes y amantes de la naturaleza. Convertir una vía pecuaria en un ancho camino de tierra de 8 metros, como se ha hecho en muchos municipios (incluido el nuestro) solo permite que sea usada con comodidad por quienes tienen prohibido hacerlo: los vehículos a motor. Las ovejas huyen de estos caminos porque en ellos no hay alimento; y la fauna salvaje, no digamos. Por ello es imprescindible contar con gestores competentes, informados, concienciados y responsables, desde los ayuntamientos hasta los poderes autonómicos. De lo contrario esos 125.000 km de vías verdes se convertirán en 125.000 km de eriales.

Ovejas degustando los aligustres del bulevar de la calle Merinas, en Colmenarejo, el pasado 8 de julio. Esta calle es una vía pecuaria y todos los aprovechamientos que haya en ella pueden ser legítimamente utilizados, principalmente la vegetación.

Espectacular marea de merinas, ocupando por completo su cañada. Este año ha sido Alejandro quien las ha hecho pasar por Colmenarejo, camino de Valladolid y, después, Zamora. A pesar del considerable tamaño del rebaño, ayudado por otros pastores y sus perros, el tránsito por las calles del municipio fue rápido, eficaz y bastante limpio.

Un pastor sujeta una cordera para que la niña la acaricie, entre la admiración y el temor. El pueblo de Colmenarejo vive el paso de las ovejas como una pequeña fiesta, y ve con curiosidad, sorpresa y simpatía la breve invasión de sus calles. Los pastores se desviven por crear las mínimas molestias y no dudan, como en este caso, en satisfacer la curiosidad natural de los vecinos.
Más información
En esta web hay una sección con legislación sobre las vías pecuarias. El ministerio de Medio Ambiente tiene en su web mucha y buena información, parte de la cual ha servido para redactar este informe. También hemos consultado obras de Pedro García Martín, un prolífico profesor universitario experto en estos temas. A la bajada del Puerto de Piqueras, ya en La Rioja, podemos visitar el Museo de la Trashumancia y deleitarnos con el paisaje de la Sierra de Cameros, tradicional destino de grandes rebaños merinos. En ninguna parte, como en esta zona, a caballo entre Soria y La Rioja, pervive la memoria arquitectónica y cultural de ese próspero pasado trashumante.
Pero lo mejor de todo es hablar con los protagonistas, los pastores. No solo van a contarnos historias fantásticas, sino que lo van a hacer encantados.
Se ha escrito también en Colmenarejo con ocasión del reciente paso de las ovejas por nuestra localidad:
- Un rebaño de más de 2200 Ovejas Merinas cruzan Colmenarejo ante la indiferencia de la inoperante Concejalía de Medio Ambiente de IU local (en colmenarejo.net)
- VÍAS PECUARIAS DE COLMENAREJO: UN PRIVILEGIADO PATRIMONIO MALTRATADO POR EL AYUNTAMIENTO (en el blog de UPyD de Colmenarejo)
- Las ovejas trashumantes vuelven a pasar por Colmenarejo (en la web de Foro Vecinal)
- A la alcaldesa de Colmenarejo se le "cuelan", mas de dos mil ovejas en el pueblo y ni se entera (en la web de Foro Vecinal)






